Por Ivan Rojel Figueroa
Los gauchos patagónicos trabajan y residen en las estancias con una rural herencia, libre de los caprichos feudales que en la Zona Central, en ciertos casos puntuales, han terminado en malos tratos hacia los inquilinos, por parte de algunos patrones de fundo.
El trabajador rural en Magallanes reside en las estancias pero no tiene su hogar en ellas, el hombre trabaja justamente para conservar esa independencia que le permite vender su trabajo pero no su conciencia ni su alma a ningún diablo. Está listo para no aceptar ofensas ni presiones indebidas.
Está listo para “agarrar sus pilchas” y “mandarse a cambiar con viento fresco” si algo no le parece bien o si el patrón lo echa está listo para no rogar, que no se va a quedar en la calle, pues el ya tiene su rancho fuera de los terrenos del patrón: una parcela, un huerto o un sitio en algún pueblo que compró con el fruto de su trabajo. Ni siquiera los “sin rancho” dudarán en partir llegado el momento de conflicto, pues, hechos a imagen y semejanza del paisaje arisco, serán capaces de alojarse a campo raso, con sus caballos y sus perros y luego recorrer los extensos caminos patagónicos en busca de algún nuevo trabajo.
En general los hombres son como la tierra que los cría. En el Centro, reidores de viña y de tonadas, de guitarras alegres, de carácter fresco e ingenuos como las hojas de los álamos, en la Patagonia rudos como la tierra maltratada por las tormentas, mas cargados al silencio como la nieve cuando cae, hospitalarios pero espinosos como el coirón, y libertarios como el viento que no reconoce límites.
La libertad de elección y la dignidad le costó al hombre de la Patagonia ríos de sangre obrera en sangrientas huelgas que le doblaron la mano al despotismo. Mal podría ahora el criollo rural “desteñir” ante el destino, ante el tiempo y ante Dios.